
La historia nos adentra en el violento mundo de las bandas latinas que tienen su origen en los barrios pobres de los países americanos y cuyas redes se extienden hasta nuestro país.
Pero, además de la historia principal, una parte muy interesante del libro son los casos secundarios que el psicólogo está realizando y que nos ayudan a entender el fascinante trabajo de los psicólogos forenses. Manuel utiliza los cuestionarios para lograr un perfil de la personalidad. Estos perfiles intentan encontrar patrones de conducta que ayuden a definir al autor de un crimen, pero los años de profesión “le habían convencido de que jamás una prueba psicométrica alcanzaría la agudeza de una penetrante y entrenada capacidad de escucha y empatía humana.”
La profesión del protagonista nos permite acercarnos al mundo criminal de forma diferente a la habitual. El autor se adentra en la mente de los asesinos, trata el delicado asunto de la responsabilidad criminal, se detiene en la extraña fascinación del hombre por la violencia y abre nuestro interior para descubrir con horror la maldad innata en el ser humano, una maldad que “entra en nuestros santuarios de la vida cotidiana sin que advirtamos la más mínima señal”.
Las conversaciones de Manuel con Marcelo, un paciente con trastorno paranoide de la personalidad, son dignas de mención. El psicólogo ha conseguido establecer una relación de respeto que es el único lazo que el paciente mantiene con el mundo que le rodea. Esta relación permite que Marcelo se sincere y confiese que cree que no le interesa a Dios y que se ha olvidado de él en su plan divino. Cuando leí estas palabras recordé lo que el mismo Dios dice en Isaías 49:16 “Grabada te llevo en las palmas de mis manos”.
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